El Matrimonio y su fragilidad

del libro: "MATRIMONIO, entre la promesa y la fragilidad"
de Enrique Fabbri sj
Ed. Paulinas, Buenos Aires, 1998, pp. 33/37

Ed. Paulinas, Buenos Aires, 1998, pp. 33/37

El matrimonio es siempre una "promesa" de felicidad que se puede perder. Como la misma vida, es algo complicado y con frecuencia desafiante; tiene cumbres y valles y exige cambios que pueden traer tensiones y conflictos. El secreto para sobrevivirlos es aceptar que el amor conyugal siempre supone para su crecimiento el saber "negociar". Y esto se logra si el matrimonio no pierde su esperanza y su sano optimismo, como resonancia de su promesa, en los momentos que acucian las dificultades. Por eso el matrimonio es una conquista progresiva y creciente. Su solidez y fortaleza es la resultante del esfuerzo de la pareja en mantenerse mutuamente gratificados, en luchar por ser lo mejor posible para el otro en todos los niveles de su relación: cuerpo, sentimientos, anhelos, proyectos. Y el termómetro de su calidad es el tenor de su comunicación dialogal, de su vida íntima sexual y del agradecimiento de sus hijos y de la sociedad en la que actúan.

La grandeza del amor está en su profundo deseo de mantenerse fiel a su promesa y hacerla crecer; su debilidad, en la amenaza de su fragilidad que lo puede llevar a sucumbir en este empeño. La tensión siempre existe entre la promesa de una comunión vivificante que se quiere mantener para siempre y la gran dificultad de mantenerla fresca y fecunda a lo largo de todo el camino. Por eso solo una pareja que comienza su vida de relación con una suficiente madurez personal puede afrontar este desafío y renovar continuamente, a pesar de los altibajos de su convivencia conyugal, la decisión de querer encontrar la meta de su felicidad, siempre relativa y perfectiva en este mundo, en el esfuerzo de entregarse espontánea y libremente al bien y servicio del amado y de los otros y encontrar en ello la creciente plenitud de su ser personal. Es ésta la experiencia más grande a que ambos han de querer apuntar; y en ser fieles a ella superarán sus fragilidades y saborearán profundamente el inagotable contenido de su promesa. Y en esa inmensa resonancia de alegría que brota de la vivencia de su promesa continua-mente actualizada y renovada encuentran su felicidad y participan ambos en ella. Es una experiencia que nunca se vive en plenitud; pero es en su dinámica hacia ella, es decir en la esperanza de esa promesa, en donde se pregusta la felicidad. (Ver 1)

Siempre el ideal y meta de la unión de la pareja conyugal será, en una sana, intensa y profunda reflexión antropológica, el de una fidelidad incansable en las buenas y en las malas a un amor que uno al otro se prometieron hasta el final de su historia en el mundo de los hombres. En el fracaso de este planteo y propósito será siempre factible descubrir la existencia de un error, de una inmadurez o de una culpa.(Ver 2)

Lo verdaderamente esencial y definitorio en la vida conyugal no es la posibilidad del divorcio, si el asunto no marcha, sino la decisión de ambos cónyuges de aspirar continuamente a quererse con plenitud, autenticidad y originalidad.

Por eso, cuando esto falla totalmente o está amenazadoramente anunciándose, la fragilidad acaba por destrozar totalmente el vínculo conyugal del amor, aunque se mantenga una fachada. (Ver 3)

El matrimonio como relación fiel y satisfactoria entre un varón y una mujer es siempre vulnerable. Su "compromiso afectivo" hi sido siempre vulnerable "desde dentro". Esto antes se ignoraba o se toleraba, pero hoy ya es imposible. Lo que antes sostenía el vínculo institucional en su vigor con su poderoso entramado jurídico-económico y moral hoy ya es poco relevante. Antes la única fragilidad conyugal socialmente tolerada era la del varón; la mujer era la gran paciente.

Hoy todo ha cambiado, lo que explica que en el ambiente social se hable del "derecho a equivocarse" tanto de uno como de otro sexo. La pareja se encuentra frente a un nuevo planteo, mayor independencia económica de la mujer, concepción igualitaria de derechos y deberes entre ambos sexos, rechazo de la doble moral, divulgación de los métodos anticonceptivos, etcétera. Pero todo esto trae la contrapartida, el crecimiento de la inestabilidad de los vínculos efectivos (el conyugal y el filial), probable fruto del individualismo y la volubilidad personal. Por eso se puede decir de las familias actuales que son "instituciones frágiles". Fácilmente naufragan.

Esto deja un efecto deplorable. Debilita ya de antemano todo esfuerzo por mantener un alto nivel de compromiso, privilegiando implícitamente la inestabilidad futura, como aparece continuamente en todos los medios de comunicación social.

Éstos, en efecto, transmiten con frecuencia contra-mensajes que conspiran contra los valores familiares, pero que se presentan bien disfrazados con un ropaje de progresismo y liberación. Es como una grotesca cacofonía de expresiones altisonantes: "hay que ser modernos", "sepárense", "no hay que sufrir", "es una mujer liberada que se sabe divorciar e iniciar una nueva relación cuando no se siente lograda". En el fondo no hay más que un culto narcisista al propio egoísmo individual. Nadie puede casarse si al llegar. a los veinte años no vive más que para sí mismo, si actúa siempre por el "me da la gana", por el "yo quiero", por el "yo tengo derecho", en una palabra si es incapaz de querer a. nadie, sino a sí mismo. Pues todo individualismo, por más que se lo presente como un derecho de la libertad en estas civilizaciones pluralistas, es a la larga un factor nefasto del sufrimiento ajeno.

Frente a la familia simétrica en que la pareja trabaja por integrarse armónicamente en la igualdad de varón y mujer a través de sus diferencias (a menudo con vida profesional de ambos independiente y que acepta y vive -generalmente por tradición religiosa- la indisolubilidad de su vínculo matrimonial), está la familia que nace de un "matrimonio-fusión" que al unirse por solo los sentimientos, cuando éstos fallan o se agotan, ya se considera motivo suficiente para separarse y casarse de nuevo. Se comprende que en tal planteo la inestabilidad de la pareja se puede manifestar de los modos más repentinos, pero que siempre se detectan inmadureces, patologías o injusticias, sobre todo con los hijos. Son ese tipo de matrimonios, en parte fruto de una civilización individualista, consumista e insolidaria, en donde no cabe un compromiso de la voluntad (ahora) que es capaz de mantener (después). Tipo de parejas en las que ni uno ni otro sabe si querrá después lo que ahora quiere. Desde tal perspectiva no se puede garantizar un compromiso de por vida.

Frente a tal realidad la responsabilidad de la pastoral familiar es inmensa. ¿Cómo ayudar, sin atropellarse e imponerse, a las familias actuales sumergidas en estos ambientes para que se injerte en ellas el potencial humanizador, transformador del mensaje evangélico? ¿Qué puede hacer la Iglesia para lograr que matrimonios v familias no sean destrozados por una futura civilización a-familiar? ¿No se podría facilitar que en el contenido de los documentos pastorales se incluyesen testimonios en los que las familias cuenten cómo viven las realidades de hoy a la luz de la fe y que ofrezcan caminos de solución? ¿No sería conveniente darles más protagonismo en los acuciantes problemas que les incumben, como el ejercicio de la paternidad responsable, los planteos de la reproducción asistida, la misión pública de la mujer casada, el sentido y dinámica del amor conyugal cuya experiencia solo ellos viven, etcétera, y no contentarse. con que sean solo sujetos pasivos que reciben recetas prefabricadas, muchas de ellas de dudoso valor en el mundo que hoy se vive? ¿No es todo esto una profunda exigencia de ser los cónyuges los ministros de su matrimonio sacramental? Como se ve, son muchos los interrogantes que la Iglesia ha de elaborar con una original creatividad.

Referencias

1) Dice E. López Azpitarte: "En cualquier caso, cuando observamos las formas de amor ordinario, tal y como hoy se manifiestan en la mayor parte de nuestra sociedad, es cierto que no encontramos mucho parecido con el esquema anterior. Algunos creen incluso que se trata de un intento imposible. El corazón humano está podrido en lo más íntimo de su naturaleza y ha destrozado por completo la dinámica del amor. Tal vez con esto se pretenda hallar una justificación a la propia debilidad, pero de lo que no cabe duda, como la experiencia también lo señala, es que la aspiración hacia esa meta, constituye una posibilidad al alcance de las personas. pero de lo que no cabe duda, como la experiencia también lo señala, es que la aspiración hacia esa meta constituye una posibilidad al alcance de las personas. No será fácil subir hasta el extremo y remontarse hasta la cumbre más alta, pues la única benevolencia total se da en Aquel que no tiene indigencia ninguna, pero un intento de ascensión progresiva, de avance continuo, está dentro de nuestra pobre libertad" (Amor, indisolubilidad y rupturas matrimoniales, Selecciones de Teología Moral, n. 6, Asunción, noviembre de 1994, p. 16).

2) Dice, E. López Aspitarte: "El cariño conyugal no puede ser, en teoría, un compromiso pasajero, algo que se utiliza mientras sirve o interesa, como si se, tratara de un objeto que se abandona cuando sale un nuevo modelo en el mercado. Supongo que nadie ira al matrimonio con la ilusión de constatar un día que ya no se quieren, ni es posible, la convivencia. La conyugalidad es una invitación a lo definitivo, la permanencia fiel, a la unión más profunda entre dos personas, a la encarnación del amor en los hijos, a una vida compartida en su totalidad, aunque después, por desgracia, no siempre llegue a realizarse". (Amor , indisolubilidad y rupturas matrimoniales, Selecciones de Teología Moral, n. 6, Asunción, noviembre de 1994, p. 58).

3) Ver: E. López Aspitarte, ibíd. pp. 17-19