Por
Marcos Aguinis
Para LA NACION
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Un
sol enrojecido descendía sobre las aguas que bañaban las
resplandecientes costas de Estambul. Sobre un mirador elevado, no
distante del palacio Topkapi, un hombre de complexión robusta parecía
fascinado con la maravilla del crepúsculo. Pero en su corazón no había
placer, sino angustia. Entrecerraba los ojos para captar la lejanía y
enviar su bendición a un frágil barco de refugiados judíos que en ese
momento escapaba de la persecución nazi y pretendía ingresar en la
Palestina clausurada por el Reino Unido. La humanidad había
incrementado sus prácticas monstruosas, persiguiendo y haciendo morir
con abominable ligereza.
Recordaba que cuando había llegado a Turquía en 1934 como delegado
apostólico, no imaginó siquiera que iba a convertirse en un motor de
salvamento, que sería visto como la última esperanza de miles, que
bombardearía a los nuncios de otros países y abrumaría al secretario
de Estado vaticano e incluso al mismo Santo Padre con sus exigencias de
ayuda.
Monseñor Angello Giuseppe Roncalli había nacido en noviembre de 1881
cerca de Bérgamo, ayer hizo exactamente 120 años, en una familia de
labriegos rústicos. Ingresó en el seminario durante su pubertad, y en
1904 se doctoró en teología y ordenó sacerdote. Continuó sus
estudios con ahínco y trabajó nueve años en la secretaría del
episcopado de Bérgamo, donde adquirió una profunda experiencia sobre
las miserias sociales. En la Primera Guerra Mundial fue capellán. Más
adelante fue convocado a Roma y luego enviado a Bulgaria como visitador
apostólico. Allí se interesó por conocer a fondo las iglesias
orientales; su excelente desempeño lo ascendió a nuncio ante Grecia y
Turquía, donde pasó los años de la Segunda Guerra Mundial.
En 1944 fue transferido a París, luego actuó como primer observador
permanente de la Santa Sede ante la Unesco y en 1953 lo designaron
cardenal y patriarca de Venecia, dignidad con la que esperaba poner término
a su carrera. Pero en 1958 ocurrió lo más inesperado: fue elegido
Papa. Adoptó el nombre de Juan XXIII en homenaje al más joven y
querido de los apóstoles, y porque los papas de ese nombre tuvieron
reinados cortos; él ya había cumplido 76 años. Pero un breve lustro
le alcanzó para refutar a quienes lo consideraron un personaje de
transición.
En su primer discurso expresó interés vigoroso por los cristianos
separados y por la paz mundial. En menos de tres meses puso en marcha
los trabajos del trascendental Concilio Vaticano II. Firmó dos encíclicas
que hicieron historia: Mater et Magistra y Pacem in terris .
Hizo estallar el aggiornamento e inyectó en la Iglesia aires de
renovación y ejemplaridad que generaron asombro.
Se lo llamó el Papa Bueno, pero más que bueno fue coherente y dueño
de una valentía impresionante. Cuando tuve la fortuna de estar a su
lado en Castelgandolfo, como miembro de una delegación médica, advertí
su llaneza, resolución y bonhomía, que jamás se borrarán de mi
recuerdo.
Se lo admira por lo mucho que realizó como Papa, pero es escasa la
información que se ha difundido sobre sus méritos anteriores. En esos
trabajos secretos y arriesgados se fogueó su corazón. Atravesó lúgubres
corredores que le enseñaron a ser expeditivo y contundente. Conoció a
los hermanos separados y conoció de cerca a los judíos perseguidos.
Los conoció tanto, y comprendió de una forma tan vibrante la tragedia
de su historia milenaria, que escribió un poema en el que acusaba a los
antisemitas de portar la infame marca de Caín. Fue él quien abolió la
absurda acusación de deicidio e inauguró un diálogo que no cesa de
enriquecerse.
La Fundación Internacional Raoul Wallenberg inauguró una campaña para
el reconocimiento de la acción humanitaria desplegada por el nuncio
Roncalli durante la Segunda Guerra Mundial. El lanzamiento de esa acción
tuvo lugar en la misión de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, con
la presencia del secretario de Estado vaticano cardenal Angelo Sodano.
Ya comenzó el relevamiento histórico de las acciones que puso en
marcha durante los siniestros años del Holocausto. Es la parte menos
conocida de su biografía. Mantuvo estrecho contacto con líderes
sionistas de Palestina e intervino ante diversas personalidades
expresando que consideraba justo que los judíos retornasen y se
independizasen en su terruño ancestral.
Aunque se desempeñaba como nuncio ante los gobiernos de Grecia y Turquía,
se ocupó de las víctimas que aparecían por todos lados. Hannah
Arendt, en su libro Men in dark times ("Hombres en tiempos
oscuros") relata que al estallar la guerra el embajador alemán
Franz von Pappen le solicitó que interviniese ante Roma para que la
Santa Sede brindara un apoyó explícito a Hitler. La respuesta del
nuncio fue: "¿Y qué debo decir sobre los millones de judíos que
sus compatriotas están asesinando en Polonia y Alemania?"
En 1940 recibió a refugiados polacos que le informaron sobre lo que
estaba ocurriendo en su patria; tomó nota de lo que le dijeron y luego
los ayudó a viajar a Tierra Santa. Se interesó por los judíos de
Francia y pidió la intervención del nuncio en ese país. Se esmeró
por rescatar 20.000 judíos de Eslovaquia en peligro de ser deportados a
los campos de la muerte. Intervino en Croacia. Se dirigió al rey Boris
de Bulgaria para rogar que brindase clemencia a sus judíos amenazados.
En 1943 se ocupó de los judíos de Italia septentrional, a los que
consideraba sus paisanos. Pidió el compromiso del nuncio en Rumania
para impedir la tragedia de los judíos radicados allí y,
personalmente, rescató cientos de huérfanos. Consiguió, además, que
el gobierno rumano accediera a permitir la salida de un barco fletado
por Turquía rumbo a Tierra Santa con 1500 perseguidos. Se involucró en
Hungría apenas comenzada la ocupación nazi.
A esa actividad febril se deben agregar dos iniciativas extraordinarias.
Una es el envío al arzobispo de Budapest, Angelo Rotta, por medio del
correo secreto del Vaticano, de miles de "certificados de inmigración"
a Palestina. Con ese instrumento pudo salvar incontables vidas. Eran
pasaportes o certificados de nacionalidad expedidos por países
neutrales, a menudo latinoamericanos, que entregaban en forma gratuita
diplomáticos de espíritu noble o se compraban a funcionarios
consulares corruptos.
La segunda iniciativa fueron los certificados de "bautismo de
conveniencia". Era un audaz invento de Roncalli que orillaba la
ilegalidad respecto del derecho canónigo. Pero no había límites ante
la urgencia de socorrer multitudes condenadas a las cámaras de gas.
Miles de niños, mujeres y varones atravesaron ceremonias de bautismo
que no los comprometía definitivamente, pero que los nazis, en sus
arbitrarias construcciones teóricas, reconocían como una credencial
que permitía salir del país.
Años después, cuando Papa, recibió a representantes de las
comunidades judías del mundo. Descendió del trono con los brazos
extendidos y reprodujo una de las escenas más conmovedoras de la
Biblia. Con lágrimas en las mejillas exclamó: "¡Yo soy José,
vuestro hermano!" Al inaugurar el Concilio Vaticano II, pese a que
aún no existían relaciones diplomáticas con Israel, ordenó que la
bandera de ese país flameara en la plaza de San Pedro.
Su tenaz y decidido compromiso con los que sufren, su amplitud de
criterio y su visión profética explican la coherencia de una vida y de
una obra. La humanidad aún tiene mucho para aprender de tan maravilloso
apostolado.
fuente:
http://www.lanacion.com.ar/01/11/26/do_354275.asp
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